El barquero y los escombros

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Una mañana soleada de agosto de 2015, en Medellín, el antropólogo forense John Fredy Ramírez dio inicio a la excavación de la fosa común urbana más grande del mundo. Oculto tras un par de lentes oscuros y un casco de construcción blanco, el hombre encargado de hallar el centenar de desaparecidos de La Escombrera, un botadero de desechos y materiales de construcción en la Comuna 13, hizo una seña al operador de una retroexcavadora cercana. A pocos metros de distancia, decenas de periodistas, familiares de víctimas, abogados y representantes del Gobierno observaban con atención. La pala de la máquina se elevó tentativa, como la garra de un gato a punto de atacar, y descendió con un gruñido para rasgar el suelo arcilloso de la montaña. A pesar de no ser religioso, John Fredy Ramírez respiró profundo y se dio la bendición.

Tras ocho años en la Fiscalía, John Fredy Ramírez había desenterrado cerca de 400 cadáveres en más de cien municipios de Colombia, casi el diez por ciento del territorio nacional. En esos años exhumó niños masacrados con tiros de gracia, mujeres violadas y asesinadas con machetes, fosas comunes compuestas por cuerpos desmembrados, e incluso dos ancianos ejecutados a sangre fría mientras se abrazaban en el que sería su entierro. Creía estar acostumbrado a ese tipo de escenas. De hecho, nunca había tenido pesadillas relacionadas con su trabajo. La muerte y la descomposición hacían parte de su día a día. Quizás por eso se sorprendió ante su reacción frente a La Escombrera. Se sentía nervioso y últimamente tenía problemas para conciliar el sueño. No era el insomnio tradicional que a veces le aquejaba y que lo obligaba a prender un radio de pilas en su mesa de noche para escuchar jazz y blues hasta el amanecer (creía que las ondas de los electrodomésticos cerca de su cama alteraban sus patrones de sueño). Esto era diferente. Varias noches se levantó sin aire, cubierto por el sudor frío producto de una pesadilla recurrente. Se encontraba en el banquillo de los acusados en un juicio. Miembros de la prensa, víctimas y desconocidos escuchaban las evidencias de un caso cuyos detalles ignoraba y se aprestaban a sentenciarlo. Lo acosaban y se abalanzaban sobre su cuerpo, asfixiándolo entre gritos y reclamos. El veredicto nunca llegaba, pero cada mañana despertaba con una sensación de culpa que persistía durante la vigilia.

Los familiares de por lo menos 96 desaparecidos tenían puestas sus esperanzas en la excavación de esa mañana. Así lo negaran, lo más probable es que cada uno de ellos sintiera una mezcla de miedo y ansiedad ante la posibilidad de un hallazgo que finalmente resolviera el misterio del paradero de sus seres queridos. A John Fredy Ramírez le habría gustado compartir aquella ilusión. Conocía de primera mano ese sentimiento. Su propia prima era una de las decenas de miles de víctimas de desaparición forzada en Colombia, y la incertidumbre sobre su paradero lo carcomía. Un sinfín de interrogantes y de recriminaciones lo asaltaban al pensar en ella. “Cuando se te arranca alguien en la desaparición forzada no te lo arrancan físicamente —me dijo una mañana de septiembre—. Te arrancan un pedazo del alma”. Y si algo había aprendido en su tiempo en la Fiscalía era que sólo un objeto físico podía dar una respuesta definitiva a esas preguntas incesantes, la peor clase de tortura psicológica que podía imaginar. Los testimonios o las confesiones de los victimarios rara vez bastaban. Se necesitaba un cuerpo o una parte del mismo: un cráneo, un trozo de un fémur, una cadera destrozada, los fragmentos de cualquier hueso —sólo ello podía entregar la certeza capaz de poner fin a décadas de desasosiego y sufrimiento—.

Historia completa en Vice.com.

Author: santiagowills

Journalist, writer and reader...

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