Tenemos que hablar de Horacio (El Espectador)

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El monstruo, su padre, apareció por primera vez cuando Horacio tenía tres meses de edad. Horacio no lo recuerda, pero su mamá sí. Fue en 2009, cuando la mamá de Horacio tenía trece años. En aquel entonces, ella vio cómo su pareja de 28 años le pegó en el rostro al bebé. Vivían en un pueblo en medio del Caquetá y la mamá de Horacio, todavía una niña, intentó ignorar lo sucedido. No deseaba regresar a la casa de sus padres, pues su madrastra la maltrataba. Prefería los golpes del papá de Horacio a los que recibía en su casa.

En 2011 nació el hermano menor de Horacio. Tras ello, el padre de los dos niños se volvió más violento. Golpeaba cada vez con mayor frecuencia a Horacio y a su mamá. Ella hizo un esfuerzo, pero finalmente no resistió más. Huyó y abandonó el pueblo con sus dos hijos. Un año más tarde, con catorce años, se instalaron en un pueblo en la cordillera Central. La mamá de Horacio quería un mejor futuro para sus hijos. Quería que crecieran lejos de las guerrillas que asolaban su lugar de origen, que estudiaran y que vivieran tranquilos. Quería que nunca sintieran el miedo que ella sentía.

El monstruo —el otro—, la nueva pareja de la mamá de Horacio, apareció poco tiempo después. Horacio lo recuerda. En una de las tantas golpizas que le propinó, el hombre le abrió la frente. Para evitar llevarlo al hospital, le limpió la sangre y lo cosió. Hoy, frente a un espejo, Horacio puede seguir la trayectoria de la aguja sobre sus cejas: una cicatriz en forma de Y de casi diez centímetros en la frente, como la marca de una garra.

Su mamá recuerda ese episodio, pero hay otro que recuerda aún más. Una mañana en 2013, la niña se fue a trabajar y dejó a Horacio y a su hermano de dos años a solas con el hombre. Cuando regresó a casa, su pareja ya no estaba. Había matado a golpes al menor de sus hijos. Horacio la esperaba aterrado. Estaba confundido y asustado cuando su mamá llegó del trabajo. Ella lo abrazó y recogió el cuerpo sin vida de su hijo menor. Lo arropó. Esa noche los tres durmieron juntos.

Horacio lo hubiera matado si pudiera. La Policía capturó al hombre y lo llevó a la cárcel, pero eso no alivió a Horacio. Sentía rabia, dolor, angustia, odio. A finales de 2013, Horacio pasó a un hogar sustituto del Bienestar Familiar junto con su mamá, también una menor de edad. Allí empezaron a recibir ayuda para intentar seguir adelante. Horacio empezó a ir al jardín infantil, pero le fue imposible adaptarse. Era violento con sus compañeros y sus profesores. No obedecía a nadie. Se rasguñaba. Golpeaba su cabeza contra la pared. Les pegaba a los animales y a los demás niños. Un día rompió una botella y se hizo cortes en un brazo. Luego la utilizó para amenazar a sus padres sustitutos…

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El barquero y los escombros

Una mañana soleada de agosto de 2015, en Medellín, el antropólogo forense John Fredy Ramírez dio inicio a la excavación de la fosa común urbana más grande del mundo. Oculto tras un par de lentes oscuros y un casco de construcción blanco, el hombre encargado de hallar el centenar de desaparecidos de La Escombrera, un botadero de desechos y materiales de construcción en la Comuna 13, hizo una seña al operador de una retroexcavadora cercana. A pocos metros de distancia, decenas de periodistas, familiares de víctimas, abogados y representantes del Gobierno observaban con atención. La pala de la máquina se elevó tentativa, como la garra de un gato a punto de atacar, y descendió con un gruñido para rasgar el suelo arcilloso de la montaña. A pesar de no ser religioso, John Fredy Ramírez respiró profundo y se dio la bendición.

Tras ocho años en la Fiscalía, John Fredy Ramírez había desenterrado cerca de 400 cadáveres en más de cien municipios de Colombia, casi el diez por ciento del territorio nacional. En esos años exhumó niños masacrados con tiros de gracia, mujeres violadas y asesinadas con machetes, fosas comunes compuestas por cuerpos desmembrados, e incluso dos ancianos ejecutados a sangre fría mientras se abrazaban en el que sería su entierro. Creía estar acostumbrado a ese tipo de escenas. De hecho, nunca había tenido pesadillas relacionadas con su trabajo. La muerte y la descomposición hacían parte de su día a día. Quizás por eso se sorprendió ante su reacción frente a La Escombrera. Se sentía nervioso y últimamente tenía problemas para conciliar el sueño. No era el insomnio tradicional que a veces le aquejaba y que lo obligaba a prender un radio de pilas en su mesa de noche para escuchar jazz y blues hasta el amanecer (creía que las ondas de los electrodomésticos cerca de su cama alteraban sus patrones de sueño). Esto era diferente. Varias noches se levantó sin aire, cubierto por el sudor frío producto de una pesadilla recurrente. Se encontraba en el banquillo de los acusados en un juicio. Miembros de la prensa, víctimas y desconocidos escuchaban las evidencias de un caso cuyos detalles ignoraba y se aprestaban a sentenciarlo. Lo acosaban y se abalanzaban sobre su cuerpo, asfixiándolo entre gritos y reclamos. El veredicto nunca llegaba, pero cada mañana despertaba con una sensación de culpa que persistía durante la vigilia.

Los familiares de por lo menos 96 desaparecidos tenían puestas sus esperanzas en la excavación de esa mañana. Así lo negaran, lo más probable es que cada uno de ellos sintiera una mezcla de miedo y ansiedad ante la posibilidad de un hallazgo que finalmente resolviera el misterio del paradero de sus seres queridos. A John Fredy Ramírez le habría gustado compartir aquella ilusión. Conocía de primera mano ese sentimiento. Su propia prima era una de las decenas de miles de víctimas de desaparición forzada en Colombia, y la incertidumbre sobre su paradero lo carcomía. Un sinfín de interrogantes y de recriminaciones lo asaltaban al pensar en ella. “Cuando se te arranca alguien en la desaparición forzada no te lo arrancan físicamente —me dijo una mañana de septiembre—. Te arrancan un pedazo del alma”. Y si algo había aprendido en su tiempo en la Fiscalía era que sólo un objeto físico podía dar una respuesta definitiva a esas preguntas incesantes, la peor clase de tortura psicológica que podía imaginar. Los testimonios o las confesiones de los victimarios rara vez bastaban. Se necesitaba un cuerpo o una parte del mismo: un cráneo, un trozo de un fémur, una cadera destrozada, los fragmentos de cualquier hueso —sólo ello podía entregar la certeza capaz de poner fin a décadas de desasosiego y sufrimiento—.

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Todo tiene tigre (Revista Vice)

Una madrugada en febrero, Esteban Payán, un caleño de 37 años de edad de ojos castaños, cabello oscuro y cejas pobladas, se paseaba nervioso por la sala de espera del Comando Aéreo de Transporte Militar, Catam, en las afueras de Bogotá. Envuelto en una cazadora negra, Payán, director para Colombia de la ONG de conservación de felinos Panthera, observaba cómo la niebla engullía lentamente la pista del aeropuerto. El vuelo hacia San José del Guaviare saldría con retraso, eso ya era seguro. Lo realmente grave era que si el lánguido cielo bogotano no abría pronto, se iba a ver obligado a cancelar la primera expedición en más de dos décadas al Tepuy Jaguar, una meseta recubierta de selva en medio del Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete, cuyas paredes esconden petroglifos escarlata en forma de jaguar de entre 500 y 1.500 años de antigüedad.

A pocos pasos de la puerta de vidrio empañada desde donde inútilmente comprobaba cada tantos segundos el estado del clima, Payán echó un vistazo a sus jefes Alan Rabinowitz, director mundial de Panthera, y Howard Quigley, director del Programa Jaguar, quienes habían venido a Colombia en parte por la promesa de la expedición. Rabinowitz, un fornido judío neoyorquino a quien pocos habrían podido calcularle sus 61 años de edad, examinaba las provisiones para el viaje. Comida y agua para varios días, un dron, cámaras de video, trípodes, linternas, cascos militares, sistemas de posicionamiento global y un chaleco antibalas descansaban en maletas desparramadas en la sala de espera.

Con el paso de los minutos, el tiempo no parecía mejorar. Payán sabía que si no despegaban pronto, podría perder la oportunidad de conocer aquel lugar, el que tal vez sería el último reducto del jaguar (Panthera onca), en caso de que fallaran todas las estrategias de conservación en las que llevaba trabajando durante una década. Chiribiquete, extraviado en las selvas de Caquetá y Guaviare, es el parque nacional más grande del país, con un área equivalente a la totalidad de Bélgica, pero es también uno de los más aislados. Ubicado a varios días de distancia, por ríos y trochas, de San José del Guaviare, el pueblo más cercano, Chiribiquete aún se encuentra separado del mundo de los hombres. Las poblaciones indígenas que habitaban el lugar desaparecieron tras el boom del caucho a principios del siglo pasado, y no hay presencia continua ni de Parques Nacionales, ni del Ejército. Uno que otro grupo guerrillero en ocasiones merodea la zona, pero ninguno parece haberse adentrado de lleno en el parque. De hecho, la única manera de llegar allí es en helicóptero, preferiblemente acompañado por las Fuerzas Armadas.

—Esos son sólo para los jefes —nos dijo en inglés Payán al ver que Rabinowitz se probaba uno de los chalecos antibalas—. Nosotros somos la carne de cañón.

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El cisne negro (Etiqueta Negra)

Cuando a Misty Copeland se le caen las llaves de su apartamento en el Upper West Side de Nueva York, las levanta sin doblar las rodillas, con el dedo índice y pulgar, como si se tratara de un cristal. Todos los días, en la estación del metro de Lincoln Center, la más cercana de donde vive, Misty Copeland se cuida de no perder su postura cuando desciende al subterráneo: elevada sobre unos empinados tacones de aguja del diseñador francés Christian Loboutin, la bailarina de ballet mide cada paso para evitar que la gente se dé cuenta de que sus piernas son más cortas de lo que ella quisiera.

Erguida, cuida las líneas y los ángulos que forman sus brazos respecto a su cabeza y su espalda, como si en todo momento se encontrara sobre un escenario. Misty Copeland duerme con las piernas abiertas y las rodillas recogidas hacia afuera, como una rana boca abajo a punto de impulsarse mientras nada. No come grasas ni azúcares. Nunca se maquilla cuando va a un ensayo. Baila ballet entre nueve y diez horas diarias desde hace unos veinte años, y, cuando no ensaya ni da clases ni se presenta en un espectáculo, ayuna ciertos días para eliminar las toxinas y el peso que cree haber aumentado. Acababa el verano en Nueva York, y la bailarina negra debía empezar a prepararse para bailar por primera vez el papel del cisne blanco en EL LAGO DE LOS CISNES, quizá el personaje más célebre de la historia del ballet. Hasta donde ella sabía, en los cerca de cuatrocientos años de historia del ballet clásico, sólo una bailarina negra del Houston Ballet, una compañía menor, lo había hecho sin mayor éxito. «Hay algo acerca de ese ballet que hace que la gente imagine a una mujer rusa, extremadamente alta como el cisne», dijo en una aparición en el TODAY SHOW, un programa matutino de la cadena NBC que tiene más de cinco millones de televidentes. «La gente no imagina a una mujer afro-americana como una bailarina porque cree que no somos delicadas ni femeninas. Nos ven como fuertes y agresivas». Era su papel más inesperado después de casi veinte años de andar en puntas de pies y Misty Copeland estaba con los nervios en punta.

Fuera de los círculos elitistas del ballet, es raro encontrar a alguien que pueda nombrar a un bailarín que no sea Baryshnikov, Nureyev o Julio Bocca, o a una bailarina que no sea Anna Pavlova, Suzanne Farrell o Alicia Alonso. Hoy la afroamericana Misty Copeland es un fenómeno que es la imagen de Under Armour, una marca de ropa deportiva cuyo video promocional ha sido visto más de siete millones de veces. Es la imagen de Blackberry y los cosméticos Proactiv. Es miembro del Consejo del Presidente Barack Obama sobre Forma Física y Deportes. New Line Cinema, la productora independiente detrás de la trilogía de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, prepara una película sobre su vida. Baila en los videos y conciertos de Prince, el cantante de Purple Rain. Este año tendrá su propio show en el canal estadounidense Oxygen. Perfiles sobre ella han aparecido en revistas prestigiosas como THE NEW YORKER y programas televisivos como FOX NEWS. La mayoría ve al ballet como un arte anticuado, una disciplina inútil que pertenece a un pasado de nobles y cortesanos, un espectáculo aburrido que sobrevive por unos cuantos snobs. «No entiendo nada sobre ballet», escribió el ruso Chejov. «Lo único que sé es que durante los intervalos las bailarinas apestan como caballos». Hoy la popularidad de Misty Copeland se compara con la de Baryshnikov, la última gran estrella del ballet mundial, pero entre los estadounidenses ella ya la trasciende. La pregunta es qué ha hecho para merecerla: si sus compañeras bailaban diez horas al día, Misty Copeland intentaba bailar doce; si las demás tardaron cuatro años en presentarse frente a un público en puntas de pie, ella lo hizo en uno. Si las demás eran capaces de bailar con músculos lesionados, ella bailaba con huesos agrietados. Pero esa no es toda la historia. «Es la bailarina afroamericana más importante en este momento», me dijo Alastair Macaulay, el crítico de danza de THE NEW YORK TIMES. El calificativo no puede pasarse por alto. Al igual que un cisne negro, Misty Copeland sobresale por su apariencia y su atipicidad.

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Colorado Shopping (Revista SoHo)

“Bienvenido a Pinkhouse Blooms —me dijo sonriendo una voluptuosa joven de ojos verdes que me recibió a la entrada—. Soy Lauren, una budtender de este dispensario. Pasa, por favor. El dueño bajará en un par de minutos”.

Crucé el umbral de la puerta de seguridad y me detuve en el medio de un salón que parecía ser una mezcla entre un bar y una tienda de souvenirs. Pequeñas luces amarillas colgaban del techo e iluminaban una suerte de barra frente a la cual había cuatro taburetes tapizados en terciopelo rojo. Justo detrás, se encontraba aquello por lo cual había viajado a Colorado: índicas, sativas, híbridos de toda clase, decenas de frascos transparentes repletos de flores y tricomas con tonos rojizos, púrpuras y verdes. Bubba Kush, Yoda OG, Grandaddy Blueberry, Girl Scout Cookie, Super Silver Haze… marihuana en todas sus formas. Estantes de cristal con vaporizadores, aceites, chocolates y colombinas en empaques coloridos. Quizá un vistazo al futuro.

Era mi primer día en Denver, ciudad a la que viajé a finales de septiembre para conocer cómo el país detrás de la llamada “Guerra contra las drogas” lidia con la producción legal de marihuana en su propia frontera. El primero de enero de este año entró en vigencia la Enmienda 64 —la iniciativa popular que modificó la constitución estatal para permitir el uso recreacional de la marihuana—, y Colorado se convirtió en un paraíso para los amantes del cannabis. Hoy, más de 400 dispensarios operan legalmente en el Estado, y la oferta de productos incluye desde centenares de variedades de marihuana hasta pizzas y bebidas gaseosas creadas a partir de esta planta. Es el lugar perfecto para ir de compras.

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Confesiones de un reaccionario (Revista SoHo)

A mediados de mayo de 2013, el procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, y su esposa, Beatriz Hernández, tomaron asiento en la parte delantera del avión presidencial. No muy lejos de sus puestos en la cabina sin ventanas de la aeronave los aguardaban el senador Roy Barreras, el presidente Juan Manuel Santos, su mujer, María Clemencia Rodríguez, y su hijo Martín. Por invitación del mandatario colombiano, Ordóñez y su esposa hacían parte del cortejo oficial que estaría presente en el Vaticano para la canonización de la madre Laura, una misionera religiosa nacida en Jericó, Antioquia. Viajarían una noche de luna nueva y llegarían el 11 de mayo a Roma, un día antes del evento en honor a la santa de origen paisa.

Antes de despegar, el procurador saludó cortésmente a sus acompañantes de viaje y al poco tiempo se olvidó de ellos. Mientras el avión se elevaba y el presidente y su familia conversaban, Ordóñez abrió una copia de la autobiografía de la madre Laura y se abandonó a su lectura. Durante las cerca de once horas que duró el vuelo, el procurador a duras penas cruzó palabra con quienes se encontraban a su lado. Ordóñez parecía sumido en un piadoso ritual que se repetía una y otra vez. Leía las palabras de la madre Laura. Se detenía tras un par de páginas. Sacaba el rosario que siempre carga en su bolsillo y rezaba pasando las cuentas entre sus manos, repasando en silencio los misterios de Jesús y de la Virgen. Se sumía nuevamente en la lectura. Páginas y páginas y de nuevo los eternos padrenuestros y avemarías.

No había espacio para nada más en el avión presidencial. Ordóñez no parecía estar interesado en ningún tema terrenal. En una silla contigua, Roy Barreras se resignó al silencio minutos después de despegar. El entonces presidente del Senado no tardó mucho en darse cuenta de que era hora de pararse y buscar el libro que guardaba en su equipaje. Su vecino de asiento, Alejandro Ordóñez, uno de los hombres más poderosos del escenario político colombiano, solo deseaba rezar.

Artículo completo en Revista SoHo.

Franzen contra Internet (Arcadia)

Una lluvia de críticas cayó sobre Jonathan Franzen tras la publicación de su ensayo en contra de la web. ¿Por qué nos deben interesar sus reparos frente a internet?

Dos semanas antes de la publicación de su más reciente libro, The Kraus Project, Jonathan Franzen escribió un largo ensayo para The Guardian llamado “What’s Wrong with the Modern World?”. En el texto, Franzen reprodujo apartes de las notas al pie de página que acompañan su traducción de dos ensayos de Karl Kraus, un escritor y periodista vienés de finales de siglo xix que era conocido entre sus contemporáneos como el “Gran odiador”. Sirviéndose de argumentos del austriaco en contra de los medios de comunicación, Franzen utilizó su ensayo para arremeter contra la futilidad de internet, las diversas redes sociales, los ebooks (comparó a Jeff Bezos, CEO de Amazon y ahora dueño del Washington Post, con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), los medios de comunicación, y el estado general de la cultura norteamericana.

Un par de horas más tarde, la web contraatacó. Portales como Gawker, The Daily Beast, Slate, Vulture, Salon, New Republic, New York Times, entre otros, publicaron una serie de respuestas que, en su mayoría, criticaban directamente al autor. “[Franzen] profesa creer en la igualdad, cuando en realidad es un elitista de la peor clase”, escribió el escritor irlandés David Gaughran; “El hecho es que Franzen se encuentra en una categoría por sí solo, es una voz huraña declamando ex cathedra edictos que solo se pueden aplicar a sí mismo”, alegó la escritora estadounidense Jennifer Weiner; “Disfrute su torre de marfil”, le respondió Salman Rushdie.

El odio es generalizado y los discursos en contra de uno de los escritores norteamericano más celebrados de su generación son numerosos y variados: Franzen no es más que un esnob, argumentan otros autores, un escritor petulante que se mantiene alejado de la cultura digital debido a presunciones anticuadas. Franzen se rehúsa a participar de la conversación democrática que ofrece la web simplemente porque se siente superior a sus lectores. Es un escritor de bestsellers elitista –esa cada vez más rara especie– que se cree mejor que los autores cuya única opción es recurrir a blogs y a Twitter para promocionar sus escritos. Es un heredero del ludismo, concluyen, una persona que aún no ha entendido las maravillosas bondades que ofrece la tecnología de nuestro siglo.

Full article in Revista Arcadia.