Confesiones de un reaccionario (Perfil sobre el Procurador General de la Nación Alejandro Ordóñez)

A mediados de mayo de 2013, el procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, y su esposa, Beatriz Hernández, tomaron asiento en la parte delantera del avión presidencial. No muy lejos de sus puestos en la cabina sin ventanas de la aeronave los aguardaban el senador Roy Barreras, el presidente Juan Manuel Santos, su mujer, María Clemencia Rodríguez, y su hijo Martín. Por invitación del mandatario colombiano, Ordóñez y su esposa hacían parte del cortejo oficial que estaría presente en el Vaticano para la canonización de la madre Laura, una misionera religiosa nacida en Jericó, Antioquia. Viajarían una noche de luna nueva y llegarían el 11 de mayo a Roma, un día antes del evento en honor a la santa de origen paisa.

Antes de despegar, el procurador saludó cortésmente a sus acompañantes de viaje y al poco tiempo se olvidó de ellos. Mientras el avión se elevaba y el presidente y su familia conversaban, Ordóñez abrió una copia de la autobiografía de la madre Laura y se abandonó a su lectura. Durante las cerca de once horas que duró el vuelo, el procurador a duras penas cruzó palabra con quienes se encontraban a su lado. Ordóñez parecía sumido en un piadoso ritual que se repetía una y otra vez. Leía las palabras de la madre Laura. Se detenía tras un par de páginas. Sacaba el rosario que siempre carga en su bolsillo y rezaba pasando las cuentas entre sus manos, repasando en silencio los misterios de Jesús y de la Virgen. Se sumía nuevamente en la lectura. Páginas y páginas y de nuevo los eternos padrenuestros y avemarías.

No había espacio para nada más en el avión presidencial. Ordóñez no parecía estar interesado en ningún tema terrenal. En una silla contigua, Roy Barreras se resignó al silencio minutos después de despegar. El entonces presidente del Senado no tardó mucho en darse cuenta de que era hora de pararse y buscar el libro que guardaba en su equipaje. Su vecino de asiento, Alejandro Ordóñez, uno de los hombres más poderosos del escenario político colombiano, solo deseaba rezar.

 Artículo completo en Revista SoHo.

Confesiones de un reaccionario

A mediados de mayo de 2013, el procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, y su esposa, Beatriz Hernández, tomaron asiento en la parte delantera del avión presidencial. No muy lejos de sus puestos en la cabina sin ventanas de la aeronave los aguardaban el senador Roy Barreras, el presidente Juan Manuel Santos, su mujer, María Clemencia Rodríguez, y su hijo Martín. Por invitación del mandatario colombiano, Ordóñez y su esposa hacían parte del cortejo oficial que estaría presente en el Vaticano para la canonización de la madre Laura, una misionera religiosa nacida en Jericó, Antioquia. Viajarían una noche de luna nueva y llegarían el 11 de mayo a Roma, un día antes del evento en honor a la santa de origen paisa.

Antes de despegar, el procurador saludó cortésmente a sus acompañantes de viaje y al poco tiempo se olvidó de ellos. Mientras el avión se elevaba y el presidente y su familia conversaban, Ordóñez abrió una copia de la autobiografía de la madre Laura y se abandonó a su lectura. Durante las cerca de once horas que duró el vuelo, el procurador a duras penas cruzó palabra con quienes se encontraban a su lado. Ordóñez parecía sumido en un piadoso ritual que se repetía una y otra vez. Leía las palabras de la madre Laura. Se detenía tras un par de páginas. Sacaba el rosario que siempre carga en su bolsillo y rezaba pasando las cuentas entre sus manos, repasando en silencio los misterios de Jesús y de la Virgen. Se sumía nuevamente en la lectura. Páginas y páginas y de nuevo los eternos padrenuestros y avemarías.

No había espacio para nada más en el avión presidencial. Ordóñez no parecía estar interesado en ningún tema terrenal. En una silla contigua, Roy Barreras se resignó al silencio minutos después de despegar. El entonces presidente del Senado no tardó mucho en darse cuenta de que era hora de pararse y buscar el libro que guardaba en su equipaje. Su vecino de asiento, Alejandro Ordóñez, uno de los hombres más poderosos del escenario político colombiano, solo deseaba rezar.

 Artículo completo en Revista SoHo.

Colombia: Muertes y violencia al alza en Putumayo

PUERTO ASÍS, Colombia – Contrario a lo que ocurre en la mayor parte del país, la violencia en el departamento de Putumayo se ha incrementado desde el inicio de los diálogos de paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en septiembre de 2012.

Desde entonces, la situación de orden público y los hostigamientos de la guerrilla mantienen en alerta a la población de este departamento ubicado en el piedemonte amazónico, en la frontera con Ecuador.

En la municipalidad de Puerto Asís, un punto histórico de producción de hoja de coca y enfrentamientos entre guerrillas y paramilitares, el número de homicidios y de hechos violentos se han incrementado de manera preocupante en 2014, según las autoridades.

Sólo en enero, 14 personas fueron asesinadas en Puerto Asís, en comparación con siete el año anterior. Las muertes a manos de sicarios han crecido por lo menos un 20% respecto de 2013, según la Policía Nacional.

Artículo completo en Infosurhoy.com.

Franzen contra Internet

Una lluvia de críticas cayó sobre Jonathan Franzen tras la publicación de su ensayo en contra de la web. ¿Por qué nos deben interesar sus reparos frente a internet?

Dos semanas antes de la publicación de su más reciente libro, The Kraus Project, Jonathan Franzen escribió un largo ensayo para The Guardian llamado “What’s Wrong with the Modern World?”. En el texto, Franzen reprodujo apartes de las notas al pie de página que acompañan su traducción de dos ensayos de Karl Kraus, un escritor y periodista vienés de finales de siglo xix que era conocido entre sus contemporáneos como el “Gran odiador”. Sirviéndose de argumentos del austriaco en contra de los medios de comunicación, Franzen utilizó su ensayo para arremeter contra la futilidad de internet, las diversas redes sociales, los ebooks (comparó a Jeff Bezos, CEO de Amazon y ahora dueño del Washington Post, con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), los medios de comunicación, y el estado general de la cultura norteamericana.

Un par de horas más tarde, la web contraatacó. Portales como Gawker, The Daily Beast, Slate, Vulture, Salon, New Republic, New York Times, entre otros, publicaron una serie de respuestas que, en su mayoría, criticaban directamente al autor. “[Franzen] profesa creer en la igualdad, cuando en realidad es un elitista de la peor clase”, escribió el escritor irlandés David Gaughran; “El hecho es que Franzen se encuentra en una categoría por sí solo, es una voz huraña declamando ex cathedra edictos que solo se pueden aplicar a sí mismo”, alegó la escritora estadounidense Jennifer Weiner; “Disfrute su torre de marfil”, le respondió Salman Rushdie.

El odio es generalizado y los discursos en contra de uno de los escritores norteamericano más celebrados de su generación son numerosos y variados: Franzen no es más que un esnob, argumentan otros autores, un escritor petulante que se mantiene alejado de la cultura digital debido a presunciones anticuadas. Franzen se rehúsa a participar de la conversación democrática que ofrece la web simplemente porque se siente superior a sus lectores. Es un escritor de bestsellers elitista –esa cada vez más rara especie– que se cree mejor que los autores cuya única opción es recurrir a blogs y a Twitter para promocionar sus escritos. Es un heredero del ludismo, concluyen, una persona que aún no ha entendido las maravillosas bondades que ofrece la tecnología de nuestro siglo.

Full article in Revista Arcadia.

La danza del bocachico

Una veintena de niños corre sobre las calles de Tumaradó. Sus pies resuenan sobre tablones de madera cuyas bases se elevan sobre el río Atrato. Se empujan a lo largo de las dos únicas vías de poco más de 400 metros que conforman el caserío. Corren y gritan para ser los primeros en llegar al muelle. Saltan sobre aguas oscuras donde cerdos, peces, gallinas y ratas se alimentan de desechos y plantas acuáticas. Corren para ser los primeros en descubrir qué novedad trajo el río.

Desde el muelle, los niños reconocen a Saulo Usma y Marcela Franco de la World Wildlife Fund (WWF) – vengo como un invitado de esta organización —así como a algunos de los miembros de la Corporación Artística Mezclarte, una ONG asentada en Turbo, Antioquia, que ha preparado una obra de teatro para presentar durante la novena edición del Festival del Bocachico. Los recibe María Elena Córdoba, una de las integrantes del comité organizador del festival y cerca de 40 curiosos, entre niños y adolescentes.

–Vengan todos a disfrutar del festival— gritará por medio de un micrófono en la tarde del día siguiente. –¡Vengan que acá se rumbea, se perrea y se menea!

Full article in El Espectador.

50 tardes con Roth

En el 2004, poco tiempo después de publicar un reportaje en el New Yorker sobre el antropólogo alemán Franz Boas, Claudia Roth Pierpont recibió un sobre de Connecticut que contenía un recorte de prensa relacionado con su artículo y una pequeña carta firmada por Philip Roth. La reportera había conocido fugazmente al escritor durante una fiesta dos años antes. A pesar de compartir el mismo apellido, no tenían relación alguna, así que le sorprendió la comunicación.

Pronto se enteró de que era una práctica común de uno de los eternos candidatos al Nobel por parte de Estados Unidos. Roth Pierpont le escribió de vuelta y eventualmente se convirtió en una de las primeras lectoras de los manuscritos del autor. Tras enterarse por el propio autor sobre su decisión de abandonar la ficción en el 2010, Roth Pierpont decidió trabajar en un ensayo sobre la monumental obra de su amigo. El ensayo se convirtió en un libro de alrededor de trescientas páginas que mezcla crítica literaria con reportaje, biografía y conversaciones que recuerdan a Boswell y a Johnson. El libro rescata algunas de las obras olvidadas de Roth, al tiempo que contextualiza los libros dentro de la vida del escritor.

Arcadia habló con Roth Pierpont en Nueva York sobre la personalidad de Roth, los encuentros con Primo Levi y Milan Kundera, y sobre la salida del espectro, la vida del escritor después del retiro.

¿Qué fue lo más sorprendente que aprendió acerca de Roth durante sus charlas?

Lo primero que me llamó la atención fue darme cuenta de que Roth es un hombre afectuoso, a quien le gusta escuchar a los demás, de que no era, como temía inicialmente, un hombre intimidante. Esa fue mi primera lección. Pienso que su generosidad y su disposición a hablar conmigo durante tantas horas sobre sus libros fue algo extraordinario. No podía creer mi suerte, en realidad, que él estuviera dispuesto a programar sesión tras sesión. Yo simplemente le decía: “Quiero ir y hablar un poco sobre Pastoral americana”, y él separaba un par de horas para ello. Yo llegaba a su casa con una larga lista de preguntas y hablábamos durante horas. En muchos sentidos, entonces, su disponibilidad y su generosidad me sorprendieron.

Conocía a Roth en el 2004 y aunque no nos veíamos regularmente, sí nos encontrábamos de vez en cuando. Luego decidí empezar a escribir lo que creí iba a ser un ensayo, en 2011. No sé cuántas veces nos reunimos, pero puedo decir que sin duda fueron más de cincuenta. El proyecto tardó más de dos años, así que nos veíamos a menudo, sobre todo porque él ha escrito muchos libros.

Él ya se había retirado. Ese es un hecho muy importante. El público en ese momento no sabía que Roth había dejado de escribir, pero él lo sabía y yo lo sabía. Si hubiera estado escribiendo otra novela en ese momento, nada de esto hubiera sucedido. Habría estado trabajando en algo nuevo todo el día y su mente no habría estado ahí para mí. Pero el hecho de que tuvo ese tiempo, de que él mismo sentía que había finalizado un gran ciclo, por decirlo de alguna manera, le permitió mirar atrás y ver su obra como un todo. En ese sentido tuve mucha suerte, pues estuve ahí desde el principio, mientras esos pensamientos aún estaban frescos en su mente y mientras miraba hacia atrás.

Full story in Revista Arcadia.

Relato de otro náufrago

La corriente los arrastraba sin rumbo y el frío era cada vez peor. Eduardo Meza no cesaba de toser. Temblaba mientras las olas y el viento de la madrugada azotaban su cuerpo. Juan Livingston arrastraba tras de sí el salvavidas amarillo sobre el cual su compañero yacía acostado. Se había encalambrado tres veces y había estado a punto de desistir en varias ocasiones. El batir constante de las olas resentía sus ojos y sentía un incómodo ardor mientras pataleaba. La luz de una luna casi llena iluminaba el océano a través de un velo de nubes. Livingston amarró el chaleco salvavidas de uno de los muertos alrededor de su pie derecho, para evitar hundirse.

—Tyson, ¿cuánto falta?

—No, Meza, estamos cerca, estamos cerca —respondió su compañero—. Estamos del Nene’s al muelle. Ya vamos a llegar.

Habían pasado casi 24 horas desde que la motonave Miss Isabel —una pequeña embarcación transportadora de casco blanco y techo rojo que semanalmente cubría la ruta entre San Andrés y Providencia— zarpó desde el muelle departamental, cargada con un automóvil, cuatro motocicletas, centenares de botellas de gaseosas, frutas, alimentos varios, tres cerdos y un perro en un guacal. Cinco tripulantes y dos pasajeros se embarcaron hacia las cinco y media de la mañana del 5 de enero de 2012, y los siete se vieron obligados a saltar al océano luego de que un incendio consumiera el puente del barco pocas horas después de su partida. Solo dos de ellos permanecían con vida tras alrededor de 20 horas en el mal llamado mar de los siete colores: Juan Livingston, un musculoso marinero cuarentón, de estómago holgado, pelo corto y bigote negro al ras; y Eduardo Enrique Meza Caballero, un mecánico naval de 56 años, de contextura maciza y aplomo militar.

—Tyson, ¿dónde?

— Estamos del Sena al muelle, Meza. Ya casi.

Juan Livingston —Tyson, para sus amigos, en honor a un encuentro pugilístico callejero— en realidad no sabía puntualmente dónde diablos estaban. Alcanzaba a ver las luces de la isla de San Andrés más allá de las olas, pero luego de horas a merced de la corriente, el viento y la lluvia, no era capaz de ubicar su posición exacta por más que lo intentara. Deseaba darle ánimo a su compañero de naufragio, pues Meza, el ingeniero del barco, su amigo desde hacía años, estaba cada vez más débil. Ya inerte, seguía vomitando sangre y no era capaz de nadar. Tiritaba acostado sobre el pequeño salvavidas en forma de anillo que el capitán había logrado salvar de la embarcación en llamas. Yacía en silencio, flotando al compás de las olas de la madrugada, mientras Livingston se esforzaba por alcanzar los puntos de luz en la oscuridad.

Alrededor de 16 horas antes, Emerson Bowie, un delgado obrero de 47 años de edad, de hablar pausado y gestos nerviosos, y Aristides Salinas, un maestro de obras de 49 años que viajaba frecuentemente a Providencia por cuestiones de trabajo, se separaron del grupo y partieron nadando en busca de ayuda.

Livingston ignoraba qué ocurrió con ellos e intentaba no pensar mucho sobre el tema. Tal vez llegaron a la isla sin contratiempos, aunque, si ese fuera el caso, ¿dónde estaban los Guardacostas y la Armada? Si lograron alcanzar la orilla, ¿dónde estaban los equipos de rescate? ¿Por qué él y Meza permanecían a la deriva?

—¿Cuánto? —su voz estaba más débil—. ¿Cuánto?

Full story in Revista Soho, Octubre 2013

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