Franzen contra Internet

Una lluvia de críticas cayó sobre Jonathan Franzen tras la publicación de su ensayo en contra de la web. ¿Por qué nos deben interesar sus reparos frente a internet?

Dos semanas antes de la publicación de su más reciente libro, The Kraus Project, Jonathan Franzen escribió un largo ensayo para The Guardian llamado “What’s Wrong with the Modern World?”. En el texto, Franzen reprodujo apartes de las notas al pie de página que acompañan su traducción de dos ensayos de Karl Kraus, un escritor y periodista vienés de finales de siglo xix que era conocido entre sus contemporáneos como el “Gran odiador”. Sirviéndose de argumentos del austriaco en contra de los medios de comunicación, Franzen utilizó su ensayo para arremeter contra la futilidad de internet, las diversas redes sociales, los ebooks (comparó a Jeff Bezos, CEO de Amazon y ahora dueño del Washington Post, con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), los medios de comunicación, y el estado general de la cultura norteamericana.

Un par de horas más tarde, la web contraatacó. Portales como Gawker, The Daily Beast, Slate, Vulture, Salon, New Republic, New York Times, entre otros, publicaron una serie de respuestas que, en su mayoría, criticaban directamente al autor. “[Franzen] profesa creer en la igualdad, cuando en realidad es un elitista de la peor clase”, escribió el escritor irlandés David Gaughran; “El hecho es que Franzen se encuentra en una categoría por sí solo, es una voz huraña declamando ex cathedra edictos que solo se pueden aplicar a sí mismo”, alegó la escritora estadounidense Jennifer Weiner; “Disfrute su torre de marfil”, le respondió Salman Rushdie.

El odio es generalizado y los discursos en contra de uno de los escritores norteamericano más celebrados de su generación son numerosos y variados: Franzen no es más que un esnob, argumentan otros autores, un escritor petulante que se mantiene alejado de la cultura digital debido a presunciones anticuadas. Franzen se rehúsa a participar de la conversación democrática que ofrece la web simplemente porque se siente superior a sus lectores. Es un escritor de bestsellers elitista –esa cada vez más rara especie– que se cree mejor que los autores cuya única opción es recurrir a blogs y a Twitter para promocionar sus escritos. Es un heredero del ludismo, concluyen, una persona que aún no ha entendido las maravillosas bondades que ofrece la tecnología de nuestro siglo.

Full article in Revista Arcadia.

La danza del bocachico

Una veintena de niños corre sobre las calles de Tumaradó. Sus pies resuenan sobre tablones de madera cuyas bases se elevan sobre el río Atrato. Se empujan a lo largo de las dos únicas vías de poco más de 400 metros que conforman el caserío. Corren y gritan para ser los primeros en llegar al muelle. Saltan sobre aguas oscuras donde cerdos, peces, gallinas y ratas se alimentan de desechos y plantas acuáticas. Corren para ser los primeros en descubrir qué novedad trajo el río.

Desde el muelle, los niños reconocen a Saulo Usma y Marcela Franco de la World Wildlife Fund (WWF) – vengo como un invitado de esta organización —así como a algunos de los miembros de la Corporación Artística Mezclarte, una ONG asentada en Turbo, Antioquia, que ha preparado una obra de teatro para presentar durante la novena edición del Festival del Bocachico. Los recibe María Elena Córdoba, una de las integrantes del comité organizador del festival y cerca de 40 curiosos, entre niños y adolescentes.

–Vengan todos a disfrutar del festival— gritará por medio de un micrófono en la tarde del día siguiente. –¡Vengan que acá se rumbea, se perrea y se menea!

Full article in El Espectador.

50 tardes con Roth

En el 2004, poco tiempo después de publicar un reportaje en el New Yorker sobre el antropólogo alemán Franz Boas, Claudia Roth Pierpont recibió un sobre de Connecticut que contenía un recorte de prensa relacionado con su artículo y una pequeña carta firmada por Philip Roth. La reportera había conocido fugazmente al escritor durante una fiesta dos años antes. A pesar de compartir el mismo apellido, no tenían relación alguna, así que le sorprendió la comunicación.

Pronto se enteró de que era una práctica común de uno de los eternos candidatos al Nobel por parte de Estados Unidos. Roth Pierpont le escribió de vuelta y eventualmente se convirtió en una de las primeras lectoras de los manuscritos del autor. Tras enterarse por el propio autor sobre su decisión de abandonar la ficción en el 2010, Roth Pierpont decidió trabajar en un ensayo sobre la monumental obra de su amigo. El ensayo se convirtió en un libro de alrededor de trescientas páginas que mezcla crítica literaria con reportaje, biografía y conversaciones que recuerdan a Boswell y a Johnson. El libro rescata algunas de las obras olvidadas de Roth, al tiempo que contextualiza los libros dentro de la vida del escritor.

Arcadia habló con Roth Pierpont en Nueva York sobre la personalidad de Roth, los encuentros con Primo Levi y Milan Kundera, y sobre la salida del espectro, la vida del escritor después del retiro.

¿Qué fue lo más sorprendente que aprendió acerca de Roth durante sus charlas?

Lo primero que me llamó la atención fue darme cuenta de que Roth es un hombre afectuoso, a quien le gusta escuchar a los demás, de que no era, como temía inicialmente, un hombre intimidante. Esa fue mi primera lección. Pienso que su generosidad y su disposición a hablar conmigo durante tantas horas sobre sus libros fue algo extraordinario. No podía creer mi suerte, en realidad, que él estuviera dispuesto a programar sesión tras sesión. Yo simplemente le decía: “Quiero ir y hablar un poco sobre Pastoral americana”, y él separaba un par de horas para ello. Yo llegaba a su casa con una larga lista de preguntas y hablábamos durante horas. En muchos sentidos, entonces, su disponibilidad y su generosidad me sorprendieron.

Conocía a Roth en el 2004 y aunque no nos veíamos regularmente, sí nos encontrábamos de vez en cuando. Luego decidí empezar a escribir lo que creí iba a ser un ensayo, en 2011. No sé cuántas veces nos reunimos, pero puedo decir que sin duda fueron más de cincuenta. El proyecto tardó más de dos años, así que nos veíamos a menudo, sobre todo porque él ha escrito muchos libros.

Él ya se había retirado. Ese es un hecho muy importante. El público en ese momento no sabía que Roth había dejado de escribir, pero él lo sabía y yo lo sabía. Si hubiera estado escribiendo otra novela en ese momento, nada de esto hubiera sucedido. Habría estado trabajando en algo nuevo todo el día y su mente no habría estado ahí para mí. Pero el hecho de que tuvo ese tiempo, de que él mismo sentía que había finalizado un gran ciclo, por decirlo de alguna manera, le permitió mirar atrás y ver su obra como un todo. En ese sentido tuve mucha suerte, pues estuve ahí desde el principio, mientras esos pensamientos aún estaban frescos en su mente y mientras miraba hacia atrás.

Full story in Revista Arcadia.

Relato de otro náufrago

La corriente los arrastraba sin rumbo y el frío era cada vez peor. Eduardo Meza no cesaba de toser. Temblaba mientras las olas y el viento de la madrugada azotaban su cuerpo. Juan Livingston arrastraba tras de sí el salvavidas amarillo sobre el cual su compañero yacía acostado. Se había encalambrado tres veces y había estado a punto de desistir en varias ocasiones. El batir constante de las olas resentía sus ojos y sentía un incómodo ardor mientras pataleaba. La luz de una luna casi llena iluminaba el océano a través de un velo de nubes. Livingston amarró el chaleco salvavidas de uno de los muertos alrededor de su pie derecho, para evitar hundirse.

—Tyson, ¿cuánto falta?

—No, Meza, estamos cerca, estamos cerca —respondió su compañero—. Estamos del Nene’s al muelle. Ya vamos a llegar.

Habían pasado casi 24 horas desde que la motonave Miss Isabel —una pequeña embarcación transportadora de casco blanco y techo rojo que semanalmente cubría la ruta entre San Andrés y Providencia— zarpó desde el muelle departamental, cargada con un automóvil, cuatro motocicletas, centenares de botellas de gaseosas, frutas, alimentos varios, tres cerdos y un perro en un guacal. Cinco tripulantes y dos pasajeros se embarcaron hacia las cinco y media de la mañana del 5 de enero de 2012, y los siete se vieron obligados a saltar al océano luego de que un incendio consumiera el puente del barco pocas horas después de su partida. Solo dos de ellos permanecían con vida tras alrededor de 20 horas en el mal llamado mar de los siete colores: Juan Livingston, un musculoso marinero cuarentón, de estómago holgado, pelo corto y bigote negro al ras; y Eduardo Enrique Meza Caballero, un mecánico naval de 56 años, de contextura maciza y aplomo militar.

—Tyson, ¿dónde?

— Estamos del Sena al muelle, Meza. Ya casi.

Juan Livingston —Tyson, para sus amigos, en honor a un encuentro pugilístico callejero— en realidad no sabía puntualmente dónde diablos estaban. Alcanzaba a ver las luces de la isla de San Andrés más allá de las olas, pero luego de horas a merced de la corriente, el viento y la lluvia, no era capaz de ubicar su posición exacta por más que lo intentara. Deseaba darle ánimo a su compañero de naufragio, pues Meza, el ingeniero del barco, su amigo desde hacía años, estaba cada vez más débil. Ya inerte, seguía vomitando sangre y no era capaz de nadar. Tiritaba acostado sobre el pequeño salvavidas en forma de anillo que el capitán había logrado salvar de la embarcación en llamas. Yacía en silencio, flotando al compás de las olas de la madrugada, mientras Livingston se esforzaba por alcanzar los puntos de luz en la oscuridad.

Alrededor de 16 horas antes, Emerson Bowie, un delgado obrero de 47 años de edad, de hablar pausado y gestos nerviosos, y Aristides Salinas, un maestro de obras de 49 años que viajaba frecuentemente a Providencia por cuestiones de trabajo, se separaron del grupo y partieron nadando en busca de ayuda.

Livingston ignoraba qué ocurrió con ellos e intentaba no pensar mucho sobre el tema. Tal vez llegaron a la isla sin contratiempos, aunque, si ese fuera el caso, ¿dónde estaban los Guardacostas y la Armada? Si lograron alcanzar la orilla, ¿dónde estaban los equipos de rescate? ¿Por qué él y Meza permanecían a la deriva?

—¿Cuánto? —su voz estaba más débil—. ¿Cuánto?

Full story in Revista Soho, Octubre 2013

The Dead and the Powerless: Landmine Victims in Colombia

Shortly after noon on December 4, 2009, Diomedez Ortega, a brawny brown-skinned man with dark eyes and the sharp ears that go along with a military crew cut, rappelled from a helicopter to the outskirts of a guerilla camp in the Paramillo Massif, an isolated mountainous region in western Colombia. Ortega, a 29-year-old Colombian Special Forces veteran, ran a dozen meters through the tall grass, glaring at the field ahead while his nine comrades struggled through the uneven terrain. He stopped a few yards short of the camp and established a line of fire. Standing still, he signaled the rest of the soldiers to cover the unit’s flanks. Ortega clutched his rifle, took a step forward and felt a searing pain tearing through his legs.

“It was like a movie,” he said one recent morning. “I didn’t see anything. I felt the landmine explode beneath my feet, but I remained conscious. I realized I was the one who had been hit. I was knocked down.” He paused and then added, “You feel powerless, useless, a hundred percent vulnerable. And you have to accept it, for what else can you do? You are a soldier.”

***

Mines are a seemingly endless scourge in Colombia. The country had the largest number of mine casualties in 2006, and the third largest number of mine-related deaths in the past two decades, according to Landmine Monitor, an independent global program that researches the humanitarian and developmental consequences of landmines. Since 1990, there have been mine-related incidents in 31 of the nation’s 32 states, according to the Presidential Program for Comprehensive Mine Action (PAICMA for its Spanish acronym). As the “Lend Your Leg” campaign noted in its promotion of April 4th, International Mine Awareness Day, more than 10,000 Colombians have been affected by landmines. That figure includes 1,003 children and almost 6,400 members of the armed forces.

In many former war-zones across the world, mines are an ever-present hazard. Generally they are buried during war, and then they can be completely forgotten for years until suddenly they become the cause of a severe injury or death. In 2011, at least 66 countries reported the presence of mined areas, and 4,286 people died as a result of them — nearly 12 each day. Seventy-five percent of those who died were civilians.

Colombia accounted for nearly 13 percent of the entire world’s landmine casualties that year. Nearly three people were killed or injured by a mine every two days, the third highest casualty rate in the world. More worrying is that, contrary to global trends, the number of mine casualties in Colombia actually increased this year, according to Álvaro Jiménez, the director of the Colombian Campaign against Mines.

“There have been reports of mine-related accidents in 622 municipalities, more than half of the national territory,” Jiménez told Univision News. “The government cites a small number of victims, but we’ve always insisted that the actual figure is closer to 800,000 when you take into account the killed, the maimed, the injured and the families and communities that depend on them.”

Full article in ABC/Univision

A Push for Animal Protections in Bogota Transforms the City’s Culture

One downcast night in northern Bogotá, Colombia, Mercedes Ruiz, a short 58-year-old woman with terse brown skin and graying dark hair, rummaged through stacks of trash bags.

Ruiz has worked as a binner for nearly 42 years. Every day, alongside two young nephews, she scours the private dumpsters of a rich neighborhood called Usaquén in search of recyclable materials that she can later sell at specialized centers. And from 2 p.m. to 9:30 p.m. she transports her goods in a “zorra,” a wooden dilapidated vehicle hauled by a horse.

“He is 5-years-old, he is called Caravalí,” Ruiz said of her horse as one of her nephews gathered some grass for it. “I check his horse shoes before I leave home and after lunch. [I also] carry some nails and extra horse shoes in case they fall on the way.”

For nearly a century, horse-drawn carts and carriages have been the norm in Bogotá, breaking the fleeting silence of the night with a clacking noise that is familiar to most of the city’s inhabitants. Today, animal-drawn vehicles are in the process of disappearing. The government has restricted their use, and now nearly 3,000 horse cart owners like Ruiz are supposed to turn in their animals in exchange for cars as part of a controversial animal rights bill which could radically transform the city’s culture.

Gustavo Petro, a former guerrilla leader who is now the mayor of Bogotá, is pushing a series of reforms designed to protect domestic and exotic animals in the city, honoring campaign compromises made to animal rights groups in 2011. Through a program called “Bogotá humana con la fauna” (Bogotá humane towards fauna), Petro has banned bull fighting, angering well-to-do Bogotanos who have attended the fiesta brava in the city for almost 82 years. The mayor also plans to fund a center to treat abused domestic pets and often speaks out against animal circuses and cock fighting, and has ordered the substitution of animal-drawn vehicles.

“It’s an important form of political thought, a progressive and green approach towards policy,” Andrea Padilla, a spokesperson in Colombia for Anima Naturalis, a Latin American animal rights group, told ABC-Univision. “People all around the continent are watching what is taking place in the city — the animal protection reforms — they are waiting to see what will happen in Bogotá.”

Full story in ABC/Univision.

A Magical Mentorship

On a warm March night in 1973, David Roth, a lanky twenty-one-year-old Brooklyn native with dark eyes, light-brown hair and a prominent forehead, stepped for the first time onto the stage of the Magic Castle in Hollywood, California. Roth was the youngest magician ever to work the venue, magic’s equivalent of Carnegie Hall. Shaking slightly, he sat down behind a felt-covered table and scanned the audience. His eyes landed on an old man in the front row, and his face flushed with recognition.

Dai Vernon, an elegantly clad eighty-year-old Canadian with soft, white hair, a trimmed mustache, and faded blue eyes sat there staring at him from a table supposedly reserved for non-magicians that night. Defying a tradition meant to soothe the nerves of greenhorn performers, the most influential sleight-of-hand artist of the twentieth century had decided to closely observe Roth’s presentation.

Roth opened up a leather pouch and laid several glistening half dollars over the table. Summoning confidence, he grabbed a small brass box and opened it while addressing the audience.

“This is a real magic box with four coins inside,” Roth said, his voice a deep baritone. He threw the four coins across the table and invited a spectator onto the stage to check for smoke and mirrors. “This is the top of the box. This is the bottom. This is the top of the bottom, and this is the bottom of the bottom. And these are the four half dollars that go inside. One…two…three and four… Now watch.”

Roth closed the container. He pointed to his open left hand and clenched it into a fist. With his right hand, he plucked an imaginary half dollar from inside the box, and threw the ethereal coin across the air towards his closed fist.

“The idea is simple,” Roth told the audience, unfurling his fingers, one at a time. “To take one coin out of the box and put it into my hand.”

He opened his fist and a half dollar now rested in the center of his previously empty palm. The audience was transfixed. Roth went on to materialize the rest of his coins from the box to his hand and back again to the box. It was magic.

After a rousing ovation, the audience stood up and began to leave. Vernon, known amongst magicians as “The Professor,” rose to his feet and commanded attention. “Wait!” he shouted, his voice raspy and hoarse, the decades-old product of smoke and drink. “Wait. There’s something I have to say.”

Vernon hailed the New York born magician, calling him the best coin manipulator he had ever seen. In a speech to no one in particular, Vernon cemented Roth’s reputation, comparing him and lifting him beyond other experts he had known throughout his lifetime.

The event marked the beginning of a relationship that would last until Vernon’s death eighteen years later—with Vernon as the teacher, someone who could expand Roth’s knowledge of magic and transform the way he performed it, and Roth as the prodigy, a pupil to whom Vernon could transfer his skills through centuries-old tradition. Together, they may have proved one of the last great examples of what a magician’s mentorship can accomplish.

Full article in Narratively.

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